jueves, 19 de agosto de 2010

¿Otra vez con las prohibiciones?

Hay días tristes, y hoy es uno de ellos. Al despertarme y abrir el diario, al leer sus titulares, he creído encontrarme de nuevo en tiempos de la oprobiosa, donde nos tenían regulada la vida de tal modo que todo nos estaba prohibido, o por lo menos controlado, amen del control que se ejercía sobre cada uno de nosotros, individualmente. A título de ejemplo, recuerdo aquel vergonzoso "Salvoconducto de fronteras", que nos obligaban a obtener, custodiar y posteriormente exhibir a policías, guardias civiles o carabineros que así nos lo exigieran , a todos los que vivíamos en zona fronteriza para podernos mover a lo largo o ancho de la misma, sin necesidad de traspasarla. Para poder venir a examinarme a Salamanca necesitaba ser poseedor de ese "Salvoconducto de fronteras", por vivir yo entonces en Aldea del Obispo, bonito pueblo distante de la frontera portuguesa apenas unos centenares de metros. Es sólo un ejemplo de prohibición, del que no sé si mis coetáneos de La Raya -la frontera-, guardarán recuerdo. Yo tuve que mostrarlo varias veces en mis viajes.

Menos mal que no hay desgracia que cien años dure. No iba a ser menos aquella situación de "prohibido o controlado", ni tampoco quien nos la impuso entonces iba a ser eterno. Prueba de ello fue la aprobación por las Cortes Españolas, en 31 de octubre de 1978, de la Constitución Española, uno de cuyos ejemplares, de los remitidos entonces a todos los españoles, editado ese mismo año por Hauser y Menet, S.A., guardo fielmente en uno de los cajones de mi mesa, al que me remito de vez en cuando, cuando en mi vuelve a surgir el temor o la duda de poder recaer de nuevo en aquella oprobioso falta de libertad que tuvimos en España.

Los titulares del diario matutino que digo, me anuncian, en letra grande, que en esta España nuestra, la de las "libertades conquistadas con la sangre derramada al calor de un Viva España", como cantábamos en el patio del pacense Cuartel de Menacho, en posición de firmes y perfectamente alineados antes de pasar al comedor. Era a últimos de los años cuarenta. Pues bien, en esta España nuestra de ahora, se ha vuelto a prohibir de nuevo, gesto -el de prohibir-, que creíamos tener olvidado para siempre. O por lo menos para los cien años que debe durar todo.

Se han prohibido las corridas de toros. Confieso que esa es una fiesta, que aún sin entrar a juzgarla, nunca me gustó. A excepción de asistir a algunas capeas, sólo en una ocasión asistí a una corrida, de las de verdad, a la que fui invitado por mi cuñado Manolo, y debo confesar que a mediados del segundo toro abandoné la plaza, no por la posible crueldad del espectáculo, sino por tener la sensación de "deja vû", de ser el segundo toro como repetición del primero. Pido perdón a los aficionados a la Fiesta Nacional por aquella deserción, prueba de mi evidente falta de cultura taurómaca. Mi infancia en Menorca puede tener la culpa, no lo sé. Puedo pues asegurar que no he contribuido en toda mi larga vida a la muerte de un solo toro bravo, después de aquel primero que cuento. Si no puedo decir de mí que en mis años de mocedad fui hombre de un solo amor, si puedo asegurar que lo fui de un solo toro. Que Dios no me lo tenga en cuenta. Obvio es decir que aunque yo me salí de la Plaza, dejé en ella a mi cuñado disfrutando del espectáculo taurino completo. Como debe hacerse todo, con libertad, pero para todos, para el amante de las corridas y para aquéllos a los que no les petan.

En este inane comentario no he de entrar en la contradicción en que incurren los que prohíben la fiesta nacional por excelencia, por eso de ser nacional, y sin embargo respetan sus localistas correbous de astas antorchadas y sus toros cap-enllaçats o ensogados, también por eso de ser de casa. Otras plumas más autorizadas ya lo hicieron y poco puede añadirse a lo por ellos expresado.

Ni a lo del viejo sueño de algunos liberales, luchando siempre por la implantación del precepto legal de "Prohibido prohibir".

Es mucho lo que se puede escribir sobre el sin seny de quienes se nos han colado de redentores, sin antes haberse redimido ellos. Obligado -creo yo-, era haber empezado antes por establecer un verdadero orden de prioridades en cuanto a problemas pendientes de resolver, a cuyo remedio ir atendiendo escalonadamente, sin entrar a entender de uno de ellos sin haber solucionado el anterior. ¿No era más urgente atender a los millones de parados que a una cuestión de cuernos, por eso de la crueldad que se invoca por algunos? ¿No es más cruel ver pasar hambre a los hijos que ver pinchar a un toro? Y puestos a entender o a admitir que la crueldad es problema de primer orden, ¿por qué no diferenciar antes quién es más digno de poner en salvaguarda, si el toro o el hombre? Y no digo esto metiendo aquí, de rondón, "als castellers", con el evidente sufrimiento de los portadores y el peligro de todos sus componentes, incluso el "dels nois" del último piso, de lo que algunos ya han escrito. Me refiero a que quienes parecen dolerse de que un toro sea estoqueado de frente, con riesgo para el torero, no tienen empacho alguno en acribillar, por la espalda y a cubierto de todo riesgo, al adversario político que intentan eliminar, cargando sobre él mil invectivas, insidiosas todas ellas.

Ni voy a entrar tampoco en consideraciones jurídico-constitucionales sobre capacidades y competencias de los "prohibidores" de turno. No voy en esta ocasión a socorrerme con el ejemplar de Constitución que reposa en un cajón de mi mesa, al alcance siempre de mi mano, dejando esa labor de interpretación de aquélla al distinguido catedrático de Derecho Constitucional, don Jorge de Esteban, y al de Administrativo, don Tomás Ramón Fernández, entre otros, que ya lo hicieron, y además con total acierto y probada ecuanimidad en las páginas de un diario de ámbito nacional. Recomiendo su lectura. Si no se tienen prejuicios, si se es dado a seguir un razonamiento lógico y sobradamente fundado, nadie podrá dejar de adherirse a lo dicho por ellos.

Claro está que si uno cree ser portador y dueño de la verdad absoluta, si uno se cree el más guapo, el más listo, el fiel depositario de una lengua única, el custodio de una cultura propia y diferenciada, muy superior a las de pueblos vecinos, si además cree a pies juntillas que vive en una nación con méritos bastantes para independizarse de aquélla de la que lleva siglos formando parte, entonces no he dicho nada. Respeto su dogmática opinión y a cambio suplico que él respete la mía, tan digna de ser atendida como la que él sustenta. Entiendo que las opiniones no son objeto de imposición; meramente de exposición, por lo menos entre personas educadas.

Como ven ustedes, caros amigos, todavía no he dicho ni una sola palabra a favor de las corridas de toros, aunque sí empecé diciendo y recalqué que sólo he visto lidiar un toro, hace de esto mil años. No se trata pues de defender la Fiesta, sino de defender el derecho de todo ciudadano de asistir a ella, sin que nadie se lo impida, o de quedarse en casa, como yo hago. Nada más y también nada menos. Desgraciadamente, el afán "prohibidor" -dejémoslo escrito así-, suele ir unido a complejos de inferioridad, y ello es evidente, especialmente en estos casos en los que se asegura no hacerlo por revanchismo político. Es un quererse hacer notar, por lo que sea. Y se puede obrar embistiendo, y se puede hacerlo razonando, aunque para esto último se exige una preparación, que obvio es que no todos tienen. Por lo menos, si tuvieran sentido común, aquél que para todos los políticos pedía a Dios la mujer de mi amigo Polidoro, quizá no nos fuese tan mal. Aquella oración, en cuyo rezo sorprendimos a la buena mujer, y que yo desde entonces repito a diario, pidiendo para todos los políticos "sentido común, acrisolada honradez y acendrado amor a la Justicia", no debe ser muy eficaz, por lo menos en cuanto a lo del "sentido común", vistos los oídos sordos que el Señor hace a mis rezos.

No voy a insistir más, no quiero cansarles, pero sigo creyendo que el absolutismo político es fruto de gente pequeña, políticamente hablando, claro está-, y con complejos de inferioridad, y vive Dios que no está en mi ánimo ofender ni molestar a nadie, admitiendo, ya de entrada, que puedo ser yo el equivocado, y ellos excelsos redentores del género humano y también, ya de paso y por casualidad -por no tener cosa mejor de qué echar mano-, de los toros de lidia. Pero me asusta una nación gobernada por ciertos políticos que pudieren alcanzar la mayoría absoluta para gobernarnos y por ende prohibirnos a su antojo. La libertad es sagrada y debemos respetarla todos y en todas partes y tiempos. Y el que quiera ver una corrida de toros, que la vea. ¡Mientras a mí no me obliguen a asistir….!

Cuando los "prohibidores" de pacotilla se declaren vegetarianos integrales, empezaremos a hablar de crueldades, pero no sólo en las Plazas, también en los mataderos.

Pido perdón si mis opiniones pueden molestar a alguien. No fue ésa mi intención al ponerme a divagar. Lo juro, amigos.

José María Hercilla Trilla,
Empezado en Salamanca, terminado en Barco de Ávila, el 5 Agosto 2010.

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